Hace unas semanas, la Comisión Europea publicó la estrategia EU Startup & Scaleup Strategy 2025, un documento ambicioso que marca una nueva hoja de ruta para el emprendimiento y la innovación tecnológica en Europa. El objetivo es claro: hacer del continente el mejor lugar del mundo para lanzar y hacer crecer startups, especialmente aquellas basadas en tecnologías disruptivas y deep tech.

Europa parte de una buena base: un mercado amplio y diverso, una comunidad científica de excelencia internacional y talento digital de altísimo nivel. Sin embargo, las startups europeas siguen encontrando obstáculos importantes para nacer, crecer y consolidarse.

Entre las principales necesidades detectadas, la estrategia destaca:

Regulación favorable a la innovación: la fragmentación legal y fiscal entre Estados Miembros, la lentitud en la aprobación de nuevas tecnologías y la falta de marcos adaptativos dificultan la competitividad de las empresas emergentes.

Acceso a financiación: el sistema financiero europeo sigue siendo bancocéntrico y averso al riesgo, con pocas opciones de capital para scaleups y tecnologías intensivas. El acceso desigual al capital, la escasa presencia de inversores institucionales y las dificultades para valorar activos intangibles agravan la brecha.

Entrada y expansión en el mercado: muchas startups no logran comercializar sus innovaciones ni acceder a contratos públicos o corporativos. La transferencia desde universidades es baja y la compra pública innovadora aún incipiente.

Atracción y retención de talento: la competencia por perfiles cualificados, la falta de armonización en opciones sobre acciones, la escasa formación emprendedora y los problemas de movilidad limitan el crecimiento.

Acceso a infraestructuras y redes: a pesar del apoyo europeo, sigue habiendo barreras de acceso a instalaciones tecnológicas, servicios de apoyo e información relevante para la validación y el escalado.

En este contexto, el documento identifica dos momentos especialmente críticos en la trayectoria de una startup: los llamados “valles de la muerte”. Son fases donde el riesgo de fracaso se multiplica, y donde incluso las ideas o empresas con mayor potencial pueden quedarse por el camino si no encuentran los apoyos adecuados.

El primero de estos valles ocurre cuando las innovaciones no logran convertirse en productos comercializables. Aunque se desarrollen nuevas ideas o tecnologías, existe una dificultad estructural para transformarlas en soluciones vendibles en el mercado.

El segundo valle, identificado como particularmente desafiante en Europa, se produce cuando las empresas encuentran dificultades para escalar. Incluso después de haber lanzado un producto exitoso, muchas startups no logran crecer a gran escala, acceder a rondas de inversión importantes o consolidarse sin trasladarse fuera de la UE.

Habiendo fundado una startup de IA, hace ya más de 10 años, y desde mi actual posición en innovación y negocio en un centro de investigación como i2CAT, además de mi labor como mentor en programas del entorno universitario como AI4ALL, Visionaris y UAB Emprèn, estas necesidades y oportunidades me resuenan profundamente. Las vivo de cerca, tanto desde el impulso a la transferencia tecnológica como desde el acompañamiento a nuevos proyectos que quieren abrirse camino. Ambos valles los he experimentado, desde diferentes ángulos, y ambos generan en mí una sensibilidad particular que me lleva a reflexionar y compartir esta visión.

Primer valle: del laboratorio al mercado

El primer valle de la muerte representa el paso crítico entre la generación de conocimiento y su conversión en soluciones reales para el mercado. Aunque Europa es líder en producción científica, muchas innovaciones no llegan a convertirse en productos comercializables. Este desajuste ha sido ampliamente diagnosticado y se conoce como la paradoja europea: a pesar de estar entre las regiones del mundo con mayor producción científica y tecnológica, Europa sigue rezagada en la conversión de ese conocimiento en innovación de mercado y empresas de alto impacto. Un informe de la Comisión ya lo señalaba en los años noventa, y el diagnóstico sigue vigente.

En este contexto, el rol de instituciones como i2CAT cobra un sentido especialmente relevante. Desde nuestra misión de impulsar la R+I en el ámbito digital mediante la colaboración público-privada, trabajamos diariamente en conectar ciencia, mercado, administración y sociedad: los cuatro vértices de la cuádruple hélice de la innovación. Este enfoque permite situar la tecnología en el centro de procesos reales de transformación, involucrando tanto a las empresas como a los usuarios finales y las políticas públicas.

Programas como AI4ALL, PRUAB o UAB Emprèn, en los que tengo la fortuna de participar como mentor, o iniciativas como The Collider de la Mobile World Capital, son iniciativas clave para acompañar la dura travesia de este valle.

Sin embargo, incluso con voluntad y talento, las barreras siguen siendo notables: estructuras de transferencia poco ágiles, incentivos académicos centrados casi exclusivamente en publicaciones, y una baja cultura de riesgo que limita la creación de spin-offs o la colaboración tecnológica con la industria.

La estrategia europea plantea algunas respuestas clave: iniciativas como “Lab to Unicorn”, el impulso a la contratación pública innovadora o el apoyo estructural a la transferencia desde universidades. Para que estas iniciativas funcionen, es necesario acompañarlas de una transformación y apuesta cultural, debemos fomentar ecosistemas colaborativos donde el conocimiento fluya entre actores diversos.

Segundo valle: del crecimiento inicial al escalado global

Superar la fase inicial de una startup es ya un gran logro. Validar una propuesta de valor, lanzar un producto al mercado y consolidar un equipo sólido implica una dedicación inmensa. Pero tras ese primer salto, muchas empresas se encuentran con un obstáculo igual o más difícil: el reto de escalar.

El segundo “valle de la muerte”, como lo define la EU Startup & Scaleup Strategy 2025, describe justamente esa fase: cuando una empresa ya ha arrancado, pero no encuentra el entorno ni los recursos necesarios para crecer significativamente. Según datos del propio documento, solo el 8 % de las scaleups globales tienen sede en Europa, mientras que casi el 30 % de los unicornios europeos se han trasladado fuera de la UE entre 2008 y 2021.

Desde mi experiencia en el ecosistema startup y, hoy, desde un centro de innovación y transferencia tecnológica, puedo confirmar que existe mucho margen de mejora en las condiciones estructurales que permitan escalar desde Europa. A menudo nos encontramos con startups que superan con éxito la validación tecnológica, pero que se ven obligadas a internacionalizarse prematuramente, no por ambición, sino por falta de condiciones adecuadas en su territorio: rondas de inversión avanzadas difíciles, burocracia desincentivadora, y marcos regulatorios pensados para otro tipo de economía.

En este sentido, una de las iniciativas más relevantes, y que celebro que la estrategia europea destaque de forma tan clara, es la potenciación de la contratación pública para la innovación (innovation procurement). Este instrumento permite que las administraciones públicas actúen como clientes de soluciones tecnológicas, generando demanda real, acelerando la llegada a mercado y crecimiento local. El impacto es doble: se acelera la comercialización y se construye soberanía tecnológica. Bajo mi punto punto de vista, esta fórmula puede apoyar en el primer valle, pero estoy convencido de que, bien estructurada, puede ofrecer un marco competitivo sólido para facilitar una transición efectiva en el segundo valle.

Los documentos europeos reconocen que la contratación pública (que representa alrededor del 17 % del PIB de la UE) no está siendo aprovechada en todo su potencial para fomentar la innovación, y proponen que hasta un 20 % de ese gasto se destine a innovación (incluyendo un 3 % en I+D y un 17 % en soluciones innovadoras). Sin embargo, los datos de 2018 mostraban que solo se destinaba un 9,6 % a este fin. Por tanto, el margen de mejora es considerable, y las políticas previstas, como procedimientos más ágiles, directivas revisadas y el impulso de centros de competencia nacionales, van en la dirección correcta.

Desde el ecosistema, vemos en estas herramientas una gran oportunidad. Las CPI no solo sirven para impulsar soluciones locales, sino que introducen una lógica de exigencia, evaluación de impacto y colaboración real entre empresas sólidas, startups, administraciones y ciudadanía. Si conseguimos ganar experiencia en este tipo de vehiculos y que se consoliden como mecanismo habitual, pueden convertirse en uno de los grandes vectores de escalado en Europa.

A ello se suman otras medidas planteadas por la Comisión que me hacen ser muy optimista para el futuro, como el Scaleup Europe Fund, la simplificación de los instrumentos del EIC y marcos más favorables para el uso de propiedad intelectual como aval. Todo ello apunta a una administración más activa, más conectada con el tejido innovador, y más comprometida con que el éxito empresarial no implique la necesidad de abandonar el continente.

Por supuesto, seguirán siendo claves otras condiciones estructurales: el acceso al talento, la armonización de marcos fiscales o el tratamiento de stock options. Pero lo relevante es que por fin estas cuestiones están sobre la mesa de forma estructurada, priorizada y respaldada por datos.

Desde mi experiencia, esta es una de las señales más claras de que Europa ha entendido que escalar no es una consecuencia natural de innovar, sino una decisión estratégica que requiere compromiso colectivo. Y en ese compromiso, la administración pública tiene un papel insustituible: como cliente, como inversor y como articuladora de un entorno donde crecer sea posible, sostenible y deseable.

Conclusión: de la estrategia en papel a la transformación real

Las propuestas están sobre la mesa. Ahora, el verdadero reto es que las acciones planteadas generen un impacto real, tangible y sostenido. Para lograrlo, Europa necesita más que una buena estrategia: necesita dirección, determinación y coordinación efectiva.

Una condición esencial será construir estrategias sectoriales claras que prioricen ámbitos donde Europa puede liderar e impulsar soberanía. Áreas como la inteligencia artificial, los semiconductores, la salud digital, la ciberseguridad, la industria de la movilidad, el espacio o la energía limpia no son solo sectores emergentes: son pilares para una Europa resiliente, competitiva y tecnológicamente autónoma.

En paralelo, debemos potenciar herramientas como la contratación pública para la innovación (CPI), alineada con estos sectores. La administración, como cliente temprano y duradero, puede activar demanda real y validar soluciones locales con un componente de exigencia y resultados. Esto es clave para que la innovación no solo ocurra en el laboratorio, sino que llegue a la ciudadanía.

También será fundamental desarrollar mecanismos de gobernanza interinstitucional e intersectorial. En sectores como la salud digital o la movilidad, contar con plataformas de colaboración público-privada y centros de innovación que conecten ciudades, startups, industria y conocimiento puede marcar la diferencia. Desde mi experiencia, veo cada día cómo la innovación en movilidad requiere esta visión compartida para escalar soluciones más allá del piloto.

Todo ello debe apoyarse en condiciones habilitadoras sólidas: acceso a talento, marcos regulatorios flexibles, incentivos fiscales adaptados, y procesos más ágiles. Y, por supuesto, una cultura de evaluación constante del impacto: medir, corregir, adaptar.

En resumen: innovar no basta. Transferir y escalar exige acción decidida desde el territorio, visión sectorial compartida y una administración comprometida no solo con apoyar al sector privado, sino liderando la demanda de innovación.

Estamos en un momento crucial. Y también en una posición privilegiada para actuar. Si coordinamos el talento que tenemos con políticas ambiciosas y sectorialmente enfocadas, Europa no solo podrá cruzar sus valles de la muerte. Podrá convertirlos en puentes hacia una nueva etapa de liderazgo global en innovación.

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